(Fuente, Diario EL PAIS Cali)
La primera vez que supe del general Mauricio Vargas fue
en 1988 en medio de un combate en el Frente de Guerra Oriental en El
Salvador, cuando al mando de un batallón de fuerzas especiales realizó
un desembarco aéreo y tomó por asalto el campamento guerrillero en el
que yo me encontraba.
A lo largo de tres años
hasta el fin de la guerra, le vi ascender al alto mando de las Fuerzas
Armadas salvadoreñas hasta ser el representante militar en las
negociaciones con la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la
Liberación Nacional, FMLN, que derivaron luego en el Acuerdo de Paz de
Chapultepec en 1992.
Formado en las mejores
escuelas de contrainsurgencia de EE.UU., el general Vargas primero
enfrentó a la guerrilla y luego llevó a todo el alto mando a
comprometerse con una negociación de paz que encabezó el entonces
presidente Alfredo Cristiani.
El 5 Seminario
Internacional Interculturalidad y Paz Territorial, esta semana en la
Universidad Javeriana de Cali, hizo propicio nuestro encuentro: el de
dos excombatientes, antes adversarios, que hoy coincidimos en tareas de
construcción de paz.
¿Qué factores en el caso salvadoreño fueron decisivos para empujar una negociación de paz y ponerle fin a la guerra?
Toda
negociación tiene una maduración y se va dando en hitos y en momentos.
Tiene factores como la presencia de un liderazgo político muy fuerte
en el gobierno, pero al mismo tiempo en la guerrilla del FMLN, a través
de su comandancia general. También hay hitos y momentos de orden
militar, de dinámicas internacionales, de lo social, factores de opinión
pública... que si usted los deja pasar no se sabe cuándo van a
regresar.
¿Es necesario para llegar a una
paz negociada, haberle negado al adversario la posibilidad de una
victoria estratégica por la vía militar?
El objetivo
de la fuerza es que el adversario acepte las condiciones políticas del
otro. Si usted se sale de eso y se va en una vía militarista, como un
fin en sí mismo, se va a equivocar.
Hacer la
guerra es una tarea militar pero hacer la paz es una tarea política.
Nosotros no trabajamos a la par de postulados filosóficos sino a la par
de la realidad. Yo creo que hubo un razonamiento sano, juicioso, con
buen criterio de las partes que relativizó eso de obtener una victoria
militar. Siempre existe la posibilidad de lograrla pero hay que estimar
los costos que esa decisión conlleva, pues estos suelen ser siempre
demasiado altos.
¿Cómo se hace para llevar al estamento militar hacia una decisión de pactar la paz?
Es
muy difícil porque los militares no vamos a un conflicto para terminar
en una negociación con el adversario; vamos para hacer el desfile
victorioso luego del triunfo, no para terminar sentados en una mesa de
conversaciones. Yo tengo la cuenta exacta en días de ese proceso que nos
tomó 28 meses y 3 días continuos de un ejercicio en el cual el
“principio de realidad” nos fue dando un horizonte claro, fue muy
complejo, difícil y doloroso.
Yo fui acusado por
unos pocos recalcitrantes de ser incluso un comunista y un traidor a la
patria, pero teníamos certeza en el alto mando de que el tiempo iba a
decir quienes tenían la razón. Pero también dijimos “si el poder
político de esta nación determina que la vía es la militar pues nosotros
cumplimos la orden, pero la responsabilidad no va a ser luego del
estamento militar, que quede eso muy claro”. Afortunadamente la decisión
política fue terminar la guerra.
¿Cuáles
son las mayores inquietudes que una negociación de paz debiera
satisfacer en términos de tranquilidad para las Fuerzas Armadas en
circunstancias de transición de la guerra a la paz?
Ahí
diría que más que por las fuerzas armadas lo pondría para la sociedad
en su conjunto. La paz tiene un costo y si estamos dispuestos a ganarla
de verdad pues tenemos que asumirlo. En la historia de la humanidad, en
el tipo de conflicto como el que resolvimos nosotros y el que pretende
resolver Colombia, los parámetros de justicia y paz jamás se van a
encontrar en la misma equivalencia. O se le pone un valor mayor a uno o
se le pone un valor mayor a otro. Y ese diferencial entre uno y otro se
llama el costo de la paz, pero ese costo de la paz es de la sociedad en
su conjunto, no es de la guerrilla ni de la fuerzas armadas o el
gobierno solamente.
Un posconflicto
implica nuevos desafíos para las Fuerzas Armadas ¿cree razonable que su
rol deba ser discutido en la negociación?
En una
mesa de negociación de paz se está resolviendo esencialmente un problema
político no un problema militar. Por tanto, el tema militar y el papel
de las Fuerzas Armadas dentro de una sociedad democrática deben estar
fuera de una mesa de conversaciones. El tema militar puede ser
discutido por la sociedad en su conjunto, en democracia, pero no con los
adversarios armados. Creo que será la sociedad colombiana la que
determinará cuál es el rol y el papel que le va a dar a las FF.AA. en el
futuro.
¿Cuáles son los mayores desafíos
desde el punto de vista de las políticas de seguridad que debieran
tenerse presente en el posconflicto?
Primero que la
reinserción y la reintegración sean las más adecuadas para evitar que
realmente tengamos otros conflictos de orden social o criminal. Segundo,
hay que atender posibles incrementos de la delincuencia común que
tiene una multicausalidad. Adicionalmente, tenemos el narcotráfico y
formas diversas del crimen organizado, todo lo cual debe ser enfrentado
eficazmente. Pero lo más relevante sobre la seguridad es remover las
causas directas del conflicto, las que están en su origen.
Los
mecanismos y el momento del desarme en una negociación de paz son
cruciales y no esta claro para muchos las implicaciones de “ dejación de
armas” y “entrega de armas” por parte de la guerrilla…
El
desarme no puede disfrazarse. A las cosas hay que llamarlas por su
nombre y por lo que realmente son. El desarme lo que implica además de
algo crucial y práctico es que es un paso simbólico a través del cual se
hace una renuncia a la utilización de las armas pero también se hace el
reconocimiento a la autoridad legítimamente constituida que es el
Estado. El mensaje del acuerdo de paz de El Salvador fue: “señores del
FMLN hagan política sin armas; señores de las Fuerzas Armadas ustedes
tienen las armas sin hacer política”.
¿Cuáles son los hechos que muestran el éxito del proceso salvadoreño?
Uno
tiene que ver con la coexistencia pacífica de opciones políticas
distintas, la derecha, la izquierda y otros matices. Y está por supuesto
el éxito notable de la antigua guerrilla del frente Farabundo Martí que
hoy está en un segundo ejercicio de gobierno en la presidencia, y eso,
insisto, es notable.
Usted ha
reconocido abiertamente que pertenece a una expresión política de
derecha en la Asamblea Legislativa (Congreso) en El Salvador en un
gobierno que en este momento es de izquierda…
Para
esos efectos de la política yo no tengo mano izquierda. Yo no puedo
escribir ni firmar con la mano izquierda, solo con la mano derecha
(risas). No tengo problema en decirlo. Yo camino con una política
liberal y con una economía social de mercado; no camino con socialismos,
ni camino con control social del estado, no camino con revoluciones ni
con democracias revolucionarias… Eso no es conmigo, pero yo lo respeto.
Yo trabajo lo mío con mis convicciones y allá ellos con las de ellos y
que escoja la sociedad, porque esa es la democracia.
Pero
esto no nos ha impedido conversar e incluso llegar a acuerdos con la
exguerrilla ahora en el poder. Es que es mejor coexistir que matarnos y
hablarnos en vez de seguir ignorándonos.


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